Festividad de San Estanislao de Kostka. 13 de noviembre
Festividad de San Estanislao de Kostka. 13 de noviembre

Nací hace muchos años, en el 1550, en Polonia que está cerca de Rusia. A mi familia le iba muy bien y mis padres eran muy buenos cristianos. Me enseñaron a rezar y a querer mucho a la Virgen.
A los catorce años me llevaron a estudiar a Austria, a un colegio de Jesuitas que había en la ciudad de Viena, y conmigo a mi hermano Pablo. Mis padres, para que aprovecháramos bien el tiempo nos enviaron a una persona mayor, se llamaba Juan Bilinski y siempre estaba pendiente de nosotros.
Cuando más contento estaba en el colegio, nos pasó un caso rarísimo. El emperador de Austria, que se llamaba Maximiliano, mandó a los jesuitas irse rápidamente de ese país. A mi hermano y a mí no nos entraba en la cabeza que pudiera haber gente así, que los quisiera echar con lo buenos que eran con los demás. El caso es que así fue y a mí no me sentó muy bien, porque, ya entonces, quería ser como ellos: quería ser jesuita.
Para poder continuar los estudios mis padres nos mandaron a vivir a casa de un luterano muy conocido; pero resulta que tenía ideas muy distintas a las mías. Lo pasé fatal, tuve que sufrir mucho y me sentía solo e incomprendido. Todos se burlaban de mí.
Como yo tenía el deseo de ser jesuita, aquel verano me escapé a Alemania. Fue toda una odisea, 600 km. a píe y además con pánico porque mi hermano y el preceptor pudieran darme alcance.
En Alemania fui a ver al Provincial de los jesuitas, hoy San Pedro Canísio. A él le hablé de mi vocación, me hizo muchas preguntas: ¿Por qué quería ser jesuita? ¿Qué quería hacer con mi vida? Etc… Después de hablar mucho rato con él, llamó a dos estudiantes jesuitas para que me acompañaran y me mandó a Roma. Allí fue Francisco de Borja, hoy santo, quien me admitió en la Compañía.
Como vosotros estáis también en un colegio de jesuitas, os voy a decir los dos secretos más importantes de mi vida, los que me daban más fuerza y más alegría por ser compañero de Jesús. Uno era la ilusión con la que yo vivía la Eucaristía; para mí, poder encontrarme con el Señor de esa manera era fenomenal. No perdáis nunca la ilusión por participar en ella con mucha fe.
La otra fuente de donde sacaba mucha fuerza era del cariño que sentía por María, la Virgen. Recuerdo una anécdota que os la voy a contar. En una ocasión un padre portugués, el Padre Manuel Sa, me preguntó por qué quería tanto a la Virgen. Yo le respondí, ¿CÓMO NO LA VOY A QUERER SI ES MI MADRE?
Para terminar os diré que poco antes de morir, a los 18 años, le había pedido a la Virgen que me llevara con ella en la fiesta de la Asunción de María, el 15 de agosto. Y así fue, cuando llegó ese día mí madre, la Virgen, me recibió en el cielo, donde espero estar con vosotros y vivir siempre en la compañía de Dios nuestro Padre y de todos los seres queridos.